Opinión
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image 1165 1 63874Alejandro García/]Efemérides y saldos[

Por fin logro saber por qué la gente se me queda mirando al pasar, pues si voy sonriendo, disfrutando de mi venganza imaginaria, ha de pensar la gente que yo estoy loco porque me río, pero qué sabe la gente lo que a mí me pasa, ¡quién sepa de amores que calle y comprenda!

Armando Ramírez

En la novela se retrata el origen de uno de los personajes clásicos de la picaresca mexicana: el borracho que duerme en las banquetas. Tragedia existencial para el protagonista de la historia.

Óscar Alarcón

Podemos ubicar a Armando Ramírez entre los escritores que a partir de la década de los 60 llevan el registro de hablas y sociolectos marginales a la novela mexicana. Sean los jóvenes de clases medias en el promedio de la mal llamada Onda, sea los jóvenes de barrio o de colonias pobres de la ciudad. En el caso de Ramírez el narrador es un tepiteño, Rogelio o el teporocho que se supone le cuenta su vida, en una cadena en donde el que cuenta ya fue lo que es el que escucha, cosa de darle tiempo al tiempo.

   La historia principal son las andanzas de Rogelio por el barrio y la ciudad, junto con sus amigos Víctor, también es su primo, Rubén y Gilberto. En realidad Rogelio es un ente extraño, pues vive con sus tíos y su primo y su prima Sonia. Es una especie de testigo la mayor parte del relato. Los otros tienen intereses muy claros: Víctor es empleado del mismo supermercado que Rogelio y sólo quiere juntar el suficiente dinero para irse a los Estados Unidos. Rubén es el ambicioso, el que acumula dinero y vive en un pequeño departamento, donde se realizan las mejores fiestas, aunque su grano no sea trigo limpio. Y Gilberto tiene el peso de la incomunicación entre madre y padrastros y amantes, que a menudo terminan en golpes o en escándalos, pues la mamá es aún de cuerpo escultural y tiene relaciones con diversos personajes, entre ellos Víctor. El padre de éste, que llegó joven de León, Guanajuato, ciudad respetada en el barrio bravo, a trabajar en el zapato, y que ahora se muestra cansado y ausente, dejando a la esposa a disposición de un amante con el que se entrevista de manera continua en un hotel de la ciudad.

   Caminaba cansado, con la cabeza baja, hacia el suelo, con las manos en sus enormes bolsillos de sus pantalones de embudo

   La relación entre Víctor y Sonia tampoco es buena, ella quiere estudiar y participar políticamente fuera de Tepito y vivir de otra manera, en cambio su hermano lleva la vida de beber después del trabajo y estar con sus amigos hasta que llega el lunes de jornada completa.

   El límite de ascenso social en lo alto es representado por el español, por su discretísima esposa, y por sus dos hijas, Agnes y Michele. Ésta es novia de Rubén y la buena relación con el español, dueño de una gran tienda de ultramarinos, habla de que existen otros nexos entre el joven y el comerciante. Agnes estudia en la Universidad Nacional Autónoma de México y aunque no tiene empacho en decirle a Rogelio que le gusta para un buen faje y nada más, pese a que ella sabe la relación entre Rogelio y Michele y de la amistad entre ése y su voluble novio Rubén.

   La vida de rutina se rompe cuando en una orgía en casa de Rubén, apenas cobrado el salario semanal, Rogelio lo ha gastado y le pide un préstamo a Rubén. Éste le dice que no tiene, pero que lo puede conseguir con un vecino. Cuando regresa con los 80 pesos obtenidos y el reclamo de pagar a la semana 100, se le cae el objeto empeñado y se dan cuenta de que él era el prestamista, lo que provoca la ira de Víctor y una pelea en que Rubén sale perdiendo.

   El tono de inocencia lo da Michele, la que pronto se enamora de Rogelio y entre borracheras y pleitos del pretendiente, logra la aceptación del padre. Las mujeres saben que las novias no podrán impedir el que sus parejas puedan pasear con otras e inclusive llevarlas al hotel o a otro tipo de camas. Pero el pleito después de la orgía ha generado un quiebre en el grupo y Rubén sigue los pasos de Víctor, la derrota tiene que cobrarse. Por fin aparece el cuerpo del primo y ahora el perseguidor irá tras la sospechosa sombra de Rubén. Mientras tanto, o todo el tiempo, el teporocho camina en callejones solitario u oscuros y cuando se cruza con Rogelio le cuenta segmentos de su vida.

   Entre los nudos del relato la relación Víctor-Sonia no tiene una liberación para ella, pues cuando el hermano muere, están dándose los acontecimientos del 2 de octubre y Sonia, en la Plaza de las Tres Culturas sufre heridas que le cuestan la vida unos días después. Ni la muerte de Víctor ni la de Sonia tienen espacio para saber en impacto en los padres, tal parece que no hubiera sucedido algo relevante.

   El otro desenlace se da después de que Rogelio ha logrado casarse con Michele y trabaja en la tienda del suegro, sólo que una noche descubre que en la bodega el español y Rubén, en un viejo colchón, tienen relaciones sexuales. Al parecer es historia larga. Rogelio pelea, vence a su rival, le arranca la vida y sale, sin su angelical amada (el padre promete sacarla del barrio y llevarla a lugar seguro) a convertirse en Chin Chin el Teporocho. Por allí se encontrará con una pandilla de jóvenes que quieren jugar con él y uno de ellos lo seguirá para empezar o continuar la historia de su vida.

  Decía que esa senda de la narrativa mexicana, donde con frecuencia se acusaba de desaliño y falta de estructuración, se mantuvo y consiguió lectores. A ella podríamos agregar las primeras novelas de voces homosexuales. En el caso de Armando Ramírez los tuvo por el tema, por la versión cinematográfica y por su participación en los medios electrónicos. En su narrativa es común la sátira como en El presidente entoloachado. A la desestructuración y crudeza de la novela de Tepito, habrá que agregar ese seguimiento de casos donde el ridículo y los excesos de los hombres y mujeres del poder son mostrados sin contemplaciones. Habrá que agregar, por último, para esta reseña, el que Ramírez haga una recreación de la vida de abajo y desde abajo. Su obra es una escritura casi continua, sin párrafos, sin justificar las líneas, incluyendo problemas de ortografía como cualquier persona de ese nivel educativo. Pero al parecer terminó imponiéndose el aprecio y el canon de la literatura de la otra senda. Ahora, Armando Ramírez ha muerto y sus textos volverán a jugar en la rueda de la fortuna de los lectores o de los relectores. Estoy seguro de que tendrá siempre algunos que lo lleven al nivel del culto, pero tendrá también amantes del discurso que corre, del lenguaje que es vivo, como recién arrancado de la boca de la gente.

   En lo personal Chin Chin el Teporocho (México, 2017, copyright de 1971, Océano, 201 pp.) es una novela que me llegó mucho y pronto, que me abrió espacios parecidos a los que yo vivía. La gama de personajes me llevaba lo mismo a “La pachuca”, que a “El calambres” o “El viejo de la varilla”.

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