Opinión

Curzio Malaparte
Alejandro García/ ]Efemérides y saldos[

Eran los uniformes de los soldados británicos caídos en El Alamein y Tobruk. En mi guerrera eran visibles los orificios de tres proyectiles de ametralladora. Mi camiseta, mi camisa y mis calzoncillos estaban manchados de sangre. Hasta mis zapatos procedían del cadáver de un soldado inglés.

Curzio Malaparte

Que tenía en Italia, junto con muchos admiradores, también muchos enemigos era un dato objetivo y, por lo demás, las obras que había publicado en Francia… habían suscitado en su contra sospechas, desconfianzas y antipatías: la primera por sus críticas, considerables y explícitas al nacionalsocialismo alemán; la segunda, además de por motivos políticos, también y quizás más por razones mezquinas, por envidia del éxito de un libro que, en palabras de los informadores de la Policía Política, le había procurado unas ganancias de 100 000 francos. Sea como sea,  Malaparte —si bien llevando una existencia brillante y, como siempre, inquieta y aunque manteniendo relaciones más o menos “peligrosas”— siguió “viviendo su vida de un modo ajenos a los acontecimientos políticos del momento”.

Francesco Perfetti.

Los aires de la crítica y del público lector en nuestro idioma han vuelto a favorecer a Curzio Malaparte (1898-1957), cuyo nombre real era Kurt Erick Suckert. Tusquets ha reeditado en 2015 Don camaleón y Sexto piso Muss. Retrato de un dictador. El gran imbécil en 2013. Yo me he dedicado a leer La piel (Barcelona, 2010, Galaxia Gutenberg/ Círculo de lectores, 385 pp.), novela que ha tenido continuas reediciones, por lo menos desde aquellos libros de “Reno”, pasando por “Latinoamericana” y llegando a mi actual referencia, en pasta dura y de excelente presentación.

   He consultado dos libros en busca de una referencia para el epígrafe de esta nota y me he quedado con las ganas. Giussppe Petronio en Historia de la literatura italiana apenas lo menciona, poniendo énfasis en sus ubicaciones en grupos y tendencias ideológicas. Giorgio Pullini en La novela italiana de la posguerra ni siquiera lo incluye en los autores consignados al final del trabajo. Seguramente la lucha por el campo literario en Italia dejó fuera a Curzio Malaparte, a pesar de que él mantuvo una posición que se fue cargando a la izquierda. Si la izquierda no lo quiso a la hora de las selecciones, las fuerzas ajenas a ella tampoco, porque hicieron eco de sus momentos de apoyo a Mussolini y era una carga de la que querían desembarazarse.

   La novela se publicó 1949 en una versión diferente a la que un año antes apareció por entregas en la revista Martedi. Y en las obras completas del autor también fueron palpables las diferencias. En algún momento del proceso previo a la publicación, Malaparte quiso llamarla La peste, pero la salida de prensa, en 1947, del importante libro de Albert Camus, lo regresó al título original. Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores toman todo esto en cuenta para traer a su público esta excelente narración. Sabemos que la empresa tiene toda una línea de acumulación de obras en torno al holocausto y a la suerte de comunidades y hombres en campos de exterminio y persecuciones de regímenes totalitarios. Además, encargan una nueva traducción, ya que pese a que el paso del italiano al español data de 1949, la versión tiene notables cortes, sólo así podía pasar la censura franquista, sobre todo en escenas referentes al sexo.

   La novela circuló por senderos no dominantes, cultivó lectores de procedencia popular y el actual momento de recuperación de la Segunda Guerra Mundial la ha traído de nuevo a la palestra. Habrá que decir en descargo de Malaparte, que si uno entra con inocencia y sin medidas de control la novela tiene una fuerza brutal, sobre todo su inicio, y da una escalofriante mirada sobre la situación de los italianos a la entrada de los aliados por Sicilia primero y luego, ya en el continente, por Nápoles, donde se desarrolla mayoría de la trama.

   Hay un Malaparte en la novela, personaje-narrador. Y no es un inocente. Es parte de las tropas que defendían al Eje junto con Alemania y que ahora, en la zona meridional de su país tienen que afrontar que los enemigos ahora son sus aliados, que el Rey ha retirado el apoyo a Mussolini, pero que más al norte los alemanes han mantenido su posición, su dominio y ahora es mayor su trato vejatorio. No ha sido una decisión soberana, ha sido porque los aliados han llegado y tomado el territorio. Razón muy diferente a los de los miembros de la Resistencia, claros en su ideología anti monárquica y anti fascista, pero que ya mantenían una alianza tácita con ingleses, franceses y americanos. 

   La obra se compone de tres bloques: la entrada, en donde se da cuenta del cambio de situación de los italianos, en este caso de los napolitanos ante la llegada de los aliados. El narrador se siente muerto y así considera a sus camaradas que antes combatieron a los que ahora llegan a liberarlos y deberán emprender batalla contra los que apenas hacía cosa de horas eran sus aliados, los alemanes. Es el lugar de la peste el imperio de la muerte.

   —Ahora veo —dijo Pellegrini— lo que pone en esa bandera. Pone que los muertos deben enterrar a los muertos.

   —No, lo que pone es que ésa es la bandera de nuestra patria, de nuestra verdadera patria. Una bandera de piel humana. La piel es nuestra verdadera patria.

   Aunque los napolitanos parecen no darse por vencidos, su propia piel les recuerda su estado ruin. Han recibido a los vencedores, los han vitoreado, se han mezclado con ellos. En un momento impera el carnaval, aún no se dan cuenta cabal del cambio de situación. Se puede traer a un negro, como si el napolitano fuera el esclavo o la mascota, cuando en realidad se trata de emborrachar y de sorprender al moreno y convertirlo en jugoso botín. También se podrá buscar a los vendedores de pelucas para que el o la practicante de felaciones pueda tener un aspecto rubio o del gusto del cliente a la hora de tapar la entrepierna con la cabellera y dar paso al deleite. Y han empezado a sufrir el cambio en algunas prácticas sociales. Por ejemplo, las mujeres tendrán que negociar con los soldados su trato sexual. Se dice, nunca se demuestra, que antes no había necesidad de venderse.

   La segunda parte es la retención de los ejércitos porque los caminos a Roma están tomados. No es una parte tan fuerte como la anterior, más el escenario es el mismo, pero aquí se desliza el narrador entre los vencedores y convive con ellos, en especial con un inglés y un norteamericano. Es la parte más vejatoria de la novela, a toro pasado. Se siente y se confiesa una gran admiración por los estadounidenses. El narrador hace un poco de Virgilio ante esos personajes, los lleva por las playas y por los paisajes de Nápoles, Sorrento, Capri. Al mismo tiempo que los hombres pelean, que el norte se obstruye, la naturaleza protesta. El Vesubio se manifiesta con erupciones.

  Además de esta simpatía por los americanos, la novela dedica un capítulo a “los invertidos”. Fustiga la práctica homosexual y el acercamiento a la nueva situación. Aún más, a la cuestión machista y sexista que se respira en esa sección, Malaparte no era un adelantado en cuestiones de diversidad sexual, se paraleliza con los pleitos con los comunistas, no con los combatientes, ocupados en las refriegas que pueden ir ablandando al enemigo fortalecido hacia el norte, sino con los militantes de calle, con los puentes entre organizaciones y los nuevos italianos y los recién llegados.

   Y éste es el verdadero motivo por el que les tengo tanta estima a los americanos, les estoy profundamente agradecido y los considero el pueblo más generoso, el más puro, el mejor y más desinteresado de la tierra: un pueblo maravilloso.

   Es hora de partir a la capital. No sólo hay obstáculos materiales y militares, también hay muestras de lo que puede venir para los que se atrevan a ir península arriba:

   Eran hombres crucificados. Eran hombres clavados a los troncos de los árboles, con los brazos abiertos en cruz y los pies juntos, fijados a los troncos mediante largos clavos o alambres enrollados en torno a los tobillos.

  La tercera parte es la llegada a Roma y su avance al norte, hacia la Toscana y la zona alpina. El capítulo donde Malaparte les indica la manera más gloriosa de abordar el cogollo de lo que fue el Imperio más poderoso de la Antigüedad, pasando por monumentos a los emperadores y topando de pronto con el Coliseo, es, curiosamente, una muestra muy mussoliniana de llegar a lo que queda de esa grandeza, más que un encendido homenaje a los Césares. Y después el narrador se dice en las refriegas de las fronteras septentrionales, ya donde el Duce ha quedado en exhibición de carniceros y el objetivo es, ahora sí, Hitler.

   La parte más valiosa de la novela, la que determina una lectura más profunda, está en el inicio. Toda la altanería de Mussolini se vio de pronto hecha a un lado por la actitud del Rey. Se le mantuvo bajo control, pero el resto del aparato había sido destruido o quedaba en manos de los aliados o de los alemanes. Como sucedió en buena parte de los países que después tomó bajo su cuidado Rusia, la llegada de los liberadores sólo fue el principio de un nuevo calvario, de una nueva dependencia y el ajuste de cuentas con quienes habían colaborado, sin descuidar que muchos comprometidos con el fascismo pronto brincaron y se convirtieron en feroces denunciadores de quienes no tenían tanta responsabilidad. Era su forma de salvar el pellejo.

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