Opinión
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Jonathan Franzen
Alejandro García/ ]Efemérides y saldos[

Conforme la novela ha transformado el medio ambiente cultural, las especies de humanidad han dado paso a una muchedumbre universal de individuos cuya característica más destacada es el hecho de entretenerse de manera idéntica. Éste es el espectro monocultural que David Foster Wallace había prefigurado y al que se propuso resistirse en su épica obra La broma infinita Y la forma de resistencia en su novela —notas al pie, digresiones, no-linealidad, hipervínculos— anticipó al invasor incluso más virulento y más radicalmente individualista que ahora desplaza a la novela y sus vástagos.

Jonathan Franzen

Hace algunas semanas, conversando con jóvenes lectores muy actualizados, se me ocurría preguntarles, más por saber por a dónde iban sus preferencias de generaciones emergentes, qué narradores estadounidenses importantes después de Paul Auster me podrían recomendar. A punto de comenzar un evento sobre el amor romántico nos quedamos casi en la apertura de lo que podría haber sido una buena refriega. Y me tocó a mí solo examinar algunas posibilidades. Entre los novelistas más recientes, aunque estén ya en la sesentena, Jonathan Franzen (Western Spring, Illinois, 1959) ocupa un lugar muy destacado.

   Su novela Las correcciones, publicada en 2001 (en español al año siguiente) ha tenido ventas que, según fuentes, que obviamente no coinciden, van desde los 2.8 a los 4 millones de ejemplares vendidos en el mundo. Curiosamente, en México se remató el libro en tiendas de autoservicio, pero es muy probable que esto se debiera al cambio de editorial de este autor, de Seix Barral a Salamandra. Ya había tenido éxito en su país desde 1988 y 1992 con Ciudad veintisiete y Movimiento fuerte, que fueron traducidas en 2003 y 2004 por Alfaguara, como consecuencia del efecto Las correcciones. En nuestro idioma pareció reencarrerarse en 2011 con Libertad y estabilizarse del todo en un gran lugar de la narrativa contemporánea en 2015 cuando se publicó simultáneamente en español e inglés Pureza.

   Más afuera Barcelona, 2013, 2ª edición, Salamandra, 350 pp.) es un libro de ensayos de Jonathan Franzen, y no es su primer libro en este género, pero sí es el que se consigue con mayor facilidad. Por lo demás, el libro es amplio en cuanto el ensayo a veces toma la forma de nota crítica literaria, discurso ante una generación de estudiantes o ante el cadáver de un gran amigo, conferencia, reporte de activista ecológico, de entrevistador del Estado de Nueva York. Es difícil aburrirse con estas 21 piezas que casi siempre nos develan aspectos desconocidos de nuestra realidad. De allí que a veces uno pueda hacer una pausa mientras va a consultar en google earth, a buscar alguna obra literaria o de consulta o a conseguir algunos de los títulos que comenta.

   El primer ensayo “El dolor no os matará” es un “discurso en la ceremonia de graduación del Kenyon College, mayo de 2011” y es importante porque manifiesta al menos tres ideas que nos permiten saber con quién estamos tratando. Uno: ante ese público juvenil abre el fuego con el asunto de los teléfonos celulares y de la tecnología y de cómo este par que va de lo concreto a lo abstracto, como pinza que nos tiene en sus redes, puede llegar a inutilizarnos o llevarnos a donde la voluntad se pierda y la conciencia se declare vencida e indispuesta para comprender el mundo. Esto es especialmente letal para un escritor, quien necesita de instrumentos y desarrollo tecnológico, pero debe construir realidades que vayan más allá de estos peligros y que permitan tomarlos bajo su cuidado. No es lo mismo Las aventuras de Robinson Crusoe que trescientos años después. Dos: Franzen encontró dos salidas, nada fáciles: el amor y su pareja y un pacto de resistencia y de complicidad y tres: una actividad de defensa ecológica, a través de los pájaros, que le permitió entender, y relacionar con todo lo anterior, el planeta que los potentados están dispuestos a destruir cuando ponen en primer término sus ganancias.

   El título del libro Más afuera se refiere a un viaje que hizo Franzen a Chile, pero no a la parte continental, sino a la isla que a ochocientos kilómetros de la franja costera se supone fue la fuente de referencia para Daniel Defoe en Robinson Crusoe. Agotado de sus actividades como escritor, buscó refugio en ese lugar apartadísimo y de difícil acceso y permanencia. Allí pretendía leer la primera gran novela moderna, de la segunda década del siglo XVIII. También lleva consigo una parte de las cenizas del escritor David Foster Wallace para esparcirlas, por deseo de la viuda, en aquellas aguas del Pacífico. Y aquí se agrega a la lista de escritores estadounidenses recientes el nombre de Wallace (1962-2008). Franzen ha sido uno de sus más fieles defensores.

   En el libro se incluyen las palabras que mencionó en sus exequias. Así que el libro es una declaración de fe en cierta forma de hacer literatura. El autor cuenta cómo después de su suicidio se intentó “adecentar” la figura de Wallace, extraviar sus credos, ocultar sus fobias y algunas conductas propias de la enfermedad que padeció. Había que presentarlo como un buen muchacho. Franzen defiende su radicalidad en los textos literarios, sus no concesiones, su batalla por la complejidad discursiva y de los mundos por él construidos. Es como si esa literatura concluida en su corpus, a reserva de que aparezcan algunos inéditos, representen el extremo de una literatura de ruptura, mientras que Franzen parece reservarse un segundo plano. Sin embargo, leer Las correcciones o Libertad no es un camino sencillo ni convencional, de allí que ambos autores representen el sector más radical de los autores estadounidenses nacidos en las décadas de los 50 y los 60, después de Auster, nacido en los 40.

   Hay en este volumen otra veta, la de las aves. El viajero curioso que busca especies únicas o que sólo podrá admirar en el espacio que visita. Pero al mismo tiempo, empaparse y empapar al lector de la historia, lo mismo de Chipre que de China. El régimen de este país tiene claro que primero es el desarrollo y después podrá volver a remendar los destrozos en el medio ambiente. Franzen ya había puesto sobre aviso de algunos excesos ambientales en la era Clinton. Con Trump la cerrazón es hacia afuera y hacia adentro, lo que parece acercarlo a la política china. Mientras tanto, especies desaparecen, tierras quedan estériles, los hielos polares se reducen y un sinnúmero de efectos nocivos se depositan en los cuerpos de los hombres.

   No me pareció que los incendios supusieran un peligro mayor para las grullas de Yancheng que la siega semestral del área central, pero sí sabía que la mayor parte de China actúa aún bajo la consigna nacional de los ochenta: “Primero el desarrollo, luego el medio ambiente”.

   Entre los libros que para mí han sido una revelación está El hombre que amaba a los niños de Christina Stead, publicada en España por editorial Pre-textos. Producto de una realidad australiana, donde creció la autora, que reprodujo muchas de las conductas y creencias de su padre, los editores la convencieron de que el espacio de la novela fuera Estados Unidos, Washington D.C., porque de lo contrario se condenaría a no tener lectores. La obra trata del odio entre padre y madre y de las consecuencias que esto tiene en los hijos. En esta guerra, a veces sorda, a veces oculta por el amor de padre o de madre, las heridas suelen llegar a quien menos se piensa, por lo general a los hijos. Algunos de los maltratos o de las descalificaciones, el imperio de los gestos que condenan o salvan, llegan a las siguientes generaciones y a los nuevos miembros de la familia.   

   Los ensayos de Franzen son una prueba de la fortaleza que sostiene su práctica novelística. No es un improvisado, tampoco un desconocedor del campo literario y de la industria cultural, pero en ese sentido es parte una tradición ya centenaria de escritores estadounidenses que tienen una compleja visión de mundo y los universos que construyen en sus obras no son simples, por el contrario demuestran una complejidad que resuelven en términos literarios, pero que contribuyen a la visión crítica de una nación donde los aparatos de dominio y propaganda buscan imponerse. Cuando pensamos en o leemos al viejo William Faulkner, habrá que agradecerle el que haya ejemplificado las heridas y sus secuelas de la Guerra de Secesión y su impacto en el mundo estadounidense de hoy que se dedica a borrar las diferencias en favor de grandes lemas. Faulkner propone una muda teoría de la historia junto a una sonora muestra de personajes y ambientes sureños, años después de que han sido vencidos por el Norte. Tanto en David Foster Wallace como en Jonathan Franzen está la vena crítica de la Generación Perdida, de los grandes autores nacidos en los 30 como John Updike, Philip Roth, Joyce Carol Oates o, un poco antes: Norman Mailer.  

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