Opinión
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J. Isabel Hernández
Alejandro García/ ]Efemérides y saldos[

Y ahora, al preguntarme por qué he anotado con tanto desorden mis recuerdos, pienso que lo he hecho acaso sólo para romper la tradición familiar de morir en soledad.

J. Isabel Hernández

De algunos decenios a la fecha, la creación de nuevos espacios académicos en distintas regiones del país, además de la proliferación de publicaciones y proyectos editoriales alternos, han posibilitado el descubrimiento y rescate de autores no muy conocidos más allá de ciertos ámbitos, al igual que una diversificación de la crítica.

David Ojeda

Los primeros días de octubre de 2018, durante las segundas jornadas de Los Testigos de Madigan, en honor del escritor mexicano David Ojeda, antes de la última mesa, tuve el gran gusto de recibir, dedicada, la novela Le deuda (México, 2013, H. Ayuntamiento de San Luis Potosí, 2012-2015, 111 pp.) de J. Isabel Hernández (1939, cerca de Charcas, S. L. P.). El libro viene muy bien ilustrado por Josué Abisaí Martínez Mendoza y es uno de los volúmenes de la colección Nuevos autores potosinos, segunda etapa. Confieso que no conocía esta prolongación del esfuerzo editorial, aunque leí algunos títulos de la primera entrega.

Me sentí reconfortado por la persistencia de presentar autores novísimos en la edición con la mirada y el habitus plenamente contemporáneos, y porque J. Isabel Hernández fue uno de los últimos integrantes del taller que coordinó David Ojeda en la Casa de la Cultura, ahora museo Francisco Javier Cossío, imponente edificio de la Venustiano Carranza. O sea que el libro pertenece a esa masa crítica que tiene como río principal a la editorial Ponciano Arriaga. Y algún arquetípico periplo sin alados versos ni arcanos fuegos se cerraba, después de varias décadas, al recibir lo que acaso alguna vez quisieron ser hexámetros y terminaron en retazos de polvo potosino en esas bancas de cantera en que esperáramos tantas veces el inicio del taller literario desde 1974.

La novela se me escondió algunas semanas, hasta que en días recientes se mostró a través de su lomo negro con letras blancas, un punto amarillo al centro y un rostro de mujer, a manera de sello, una de las ilustraciones de Martínez Mendoza, que corresponde a la China, personaje fundamental en la trama y en la temática. Y una de estas recientes tardes ventosas en que la temperatura sabe a primavera en la agonía del invierno, el libro vino a mis manos y toda la anécdota anterior cobró sentido, porque en una sentada pude entrar al mundo narrativo creado por el autor. La obra es breve, también lo son sus partes. Ágil en el encadenamiento de sucesos, la obra nunca es superficial, por el contrario, el lenguaje está trabajado de tal manera que aparenta sencillez y cercanía, pero carga toda una visión de mundo de la realidad que se va construyendo. A veces es una mirada lírica la que da profundidad, es el toque sensorial, pero otras es la metáfora o la figura retórica que nos lleva a la reflexión.

Quizás el mayor acierto de La deuda es el manejo del tiempo, tanto de la enunciación, como del enunciado. La novela presenta a su personaje La China desde una tortillería de la ciudad. Será hasta el capítulo tres que asuma su papel central el narrador, pues en el segundo Bernabé toma la estafeta y plantea la búsqueda de la mujer que una vez que ha muerto su madre, no regresa a su pueblo, sino que decide irse a vivir a otro lugar. En la apertura del texto uno puede aplicar el desarrollo del “contar” y “el suceder” en este preciso momento, pero es obvio que de inmediato se le amontonan las clasificaciones que piden desde ya su distancia contra el costumbrismo o acusaciones más perversas como “rulfiano”, lo que mata cualquiera buena intención. Conforme se van acomodando los hechos y una expresión como “supremo gobierno” nos pone en alerta sobre la plasticidad del tiempo: aquí y antes, ¿cuándo?, en el pasado, ¿durante el cardenismo?, o ahora mismo en la multiplicidad de tiempos en que nos desenvolvemos o nos rozan sin que nos demos cuenta. Esa ambigüedad hace que se escape de las manos la exigencia y nos metamos de lleno al desarrollo de la historia.

La modorra se cuelga del humo que sale de los jacales y va, como una mancha de tizne, a bostezar en las hondonadas de la planicie. Son las once de la mañana de cualquier día. Da igual.

      En su esqueleto, la historia linda con el lugar común: una mujer que después de ser eficiente administradora de una tortillería se va a vivir a Charcas donde pone unas cantina y la familia que, al parecer se queda en Matehuala, va en su búsqueda. La madre del narrador se va con un hombre a vivir campo adentro, pero la China entenderá que los hijos pueden hacer algunas cosas diferentes y no resignarse a vivir entre el polvo una vez que han terminado la secundaria. Al igual que con la captura del tiempo, Hernández va tomando pieza a pieza lo que cuenta y lo labra, lo dibuja, lo precisa, lo saca del lugar común y nos lo muestra como una realidad donde todo tiene interés, donde los personajes adquieren vida y una especificidad que la rutina les niega. Es como si hubiera un convencimiento y una benevolencia en la mirada, antes de escribir, que se va plasmando en la historia.

Uno puede decir, ¿la vida de un profesor que ni a Benito Juárez llegó? Qué bueno, porque los caminos que ha recorrido el personaje han costado sudor y sangre y no han sido producto de una hechura para ejemplo de los ciudadanos. Sacar a uno o a dos de la vida de recolección en el campo con fines de semana al garete de la violencia y el alcohol no es cosa fácil ni lugar común, es excepción. El padrastro del Mono vive en un rancho perdido, allí parece que el tiempo se extravió, se detuvo hace decenios o centurias, sólo retorna a su casa, pero no le interesa siquiera ir al pueblo. En todo caso, tanto excepción como regla merecen ser contados y develados al lector a través de la palabra y de la virtud de la mirada.

El mismo personaje principal duda, cuando lo han salvado con una plaza de profesor que le garantiza su permanencia en la capital potosina y la posibilidad de un mejor nivel de vida, se entrega al trago y sólo regresa al pueblo a gastarse lo que gana y a pedir prestado para regresar al trabajo. Cierto, al lado de la subsistencia está el dato diferente, macabro, resuelto: el encuentro con una mujer que cubre a su marido, pues lo ha encontrado a medio campo con las tripas de fuera, después de perder un duelo a machetazos y el profesor, en compañía de un alumno que lo ha puesto sobre aviso, tiene que meter vísceras y entrañas, amarrar y conseguir que lo lleven y remienden en la ciudad. Vivirán para contarlo. No le sucede así a Bernabé, asesinado por su patrón, el panadero, al descubrirlo en el lecho con su esposa.

De todos los actores de estas escenas de vida, solamente el narrador podrá usar el lenguaje para acompañarse en un mundo de soledad. Con las palabras podrá recrear con la palabra escrita lo que ha sucedido y lo que vendrá, pero sobre todo aquello que se convierte en paso y huella. La China no tiene esa virtud, pese a que rescata a la familia y la acomoda cuando cae en Charcas. Mujer de acción, fracasa en empresas conocidas como los abarrotes, de allí que tenga que ponerse a regentear una cantina en aquel pueblo minero, con la ayuda de su pareja, ella que no tuvo compañía cuando se dedicaba a la hechura de tortillas. También de esa asociación saldrá dañada, aunque saldrá libre. Los últimos empeños de La China son por los sobrinos, en especial por el Mono. Lo ubica en la capital del estado para que estudie Normal y cuando se le agotan los recursos le dice que tiene que seguir por su cuenta, arañar los recursos necesarios. Con el hermano es más discreta, lo mantiene en Charcas, pero que no vaya a perderse en el monte con sus mayores con la mamá y el Viejo.

La deuda incontrovertible es del narrador con la mujer. ¿Qué interés puede tener ella en que le vaya bien a la siguiente generación? Una nobleza especial, un don extraño, el cuerpo de las amazonas anónimas y silenciadas que sirven de tejedoras del destino humano. La China no es la única generosa, hay otras acciones mágicas que contribuyen a la forja:

Esa noche, antes de irme, pasé un rato con Paula. No hubo palabras de amor o compromiso, ninguno dijo un “te espero” o un “te amo”. Nos abrazamos. Después hubo un cachondeo ingenuo que nos llevó a fornicar en el dintel de la puerta de su casa, de pie.

        En realidad, la mayor deuda del narrador es con el lenguaje y con la memoria, con ellos se duplica, avanza y se repliega, se pregunta y se narra. Tiene la posibilidad de explicarse el mundo de los demás y el suyo y además dejar un testimonio de lo que ha vivido. De modo que el narrador no puede pagar, como suele suceder, a quien le propició mejores condiciones de vida, pero puede trasladarlos a la memoria, al renglón donde no se pierden las acciones, sino que trascienden lo común y se convierten en piedras fundamentales de la vida de personas comunes y corrientes. Claro que eso es sólo una manera de decirlo.     

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