Opinión

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Soledad Jarquín Edgar

SemMéxico, Nueva York

Nueva York, la ciudad más cosmopolita del mundo. La ciudad de la otredad. Entre el reconocimiento del otro y las otras, de sus diferencias de sexo, étnicas o de género y el lamentable racismo y la misoginia que afloran en esa dicotomía inexplicable. Condición humana, habrá quien exclame, pero que yo, como muchas personas, difiero de aceptar y normalizar.

La ciudad de la fantasía cinematográfica. ¿Quién no recuerda a King Kong subiendo por el Empire State?, entonces (1933) uno de los rascacielos más altos del mundo. Luego vendrán los súper héroes a defender la ciudad de los malvados. Una imaginería que no alcanzó para contrarrestar lo sucedido el 11 de septiembre de 2001, el derribo de las Torres Gemelas inauguradas apenas 28 años antes de aquella fatídica fecha que terminó con la vida de casi tres mil personas. Hoy, Nueva York levanta orgulloso otro World Trade Center de 119 pisos, porque aquí nada se detiene, al igual que un memorial para sus víctimas.

Nueva York es una de esas pocas ciudades del mundo donde “se dicta la moda”, como se dice en el argot de los espectáculos. ¿La moda, una banalidad? Para muchas sí lo es, porque refuerza estereotipos de la belleza como condicionamiento de vida de las mujeres, siempre buscando ser mejores para el otro, para su otra mitad, pero no para ellas mismas. Es esa parte que parece minimizar y hasta aniquilar la capacidad intelectual, liderazgo, independencia y libertad de las mujeres, y que lleva a una permanente ejecución de actos machistas.

Nueva York tiene tanta fuerza que lo que sucede en Manhattan repercute en todos los lados del mundo. Aquí está el corazón de las finanzas, los nervios de los negocios multimillonarios; por eso, de pronto, esos edificios que dan la sensación de sostener el cielo pertenecen a esas familias dueñas de buena parte del mundo: Trump, Rockefeller, Vanderbilt y Bloomberg, entre otras cuantas.

Es esta ciudad una de las más atractivas del mundo para la población migrante, de ahí que sea la más cosmopolita. Desde la isla de la Libertad, una emblemática mujer de rosto muy verde y muy serio, de corona y antorcha, dio la bienvenida a quienes migraron desde principios del siglo XX, atravesando el frío Atlántico en busca del sueño americano o tal vez huyendo de las guerras que aniquilaron la humanidad en Europa.

Es esta ciudad diversa, donde desde 1952 se ubica la sede principal de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), cuyo diseño vertical fue elegido de entre 45 propuestas arquitectónicas, y es hoy abrazado por las banderas de 192 países.

Pese a todo, no hay duda, Naciones Unidas, en la ciudad de Nueva York, sigue siendo un icono de las aspiraciones de una buena parte de quienes habitamos el mundo. Aquí se realizan las más grandes batallas verbales entre la diplomacia mundial, las mejores y buenas intenciones para la paz y propuestas monumentales para vivir bajo el respeto de los derechos humanos de todas las personas, sin importar ninguna de sus características por nacimiento o condición política, social o económica. Y sí, dicen quienes saben, ha sido factor determinante para detener otras guerras, aunque no todas.

Acciones, propuestas e intenciones para salvar a la humanidad de uno de sus más grandes depredadores: la propia humanidad.

Por eso, en esta ciudad se reúnen en estas próximas dos semanas mujeres de todo el mundo, mujeres de la sociedad civil y de los gobiernos de todos los países miembros, para examinar dentro del 62º periodo de sesiones de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer (62 CSW) dos temas: a) los Desafíos y oportunidades en el logro de la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de las mujeres y las niñas rurales, y b) la aplicación de las conclusiones convenidas en el 47º periodo de la CSW, realizado en 2003 sobre “La participación de la mujer en los medios de difusión y las tecnologías de la información y las comunicaciones, y el acceso de la mujer a ellos, así como sus repercusiones en el adelanto y el empoderamiento de la mujer y su utilización con esos fines”.

Mucho habrá que decir. Estos análisis y negociaciones entre los países miembros darán como resultado una serie de recomendaciones para subsanar las deficiencias y los problemas pendientes. Es la Comisión la que aprueba un pequeño número de resoluciones sobre distintos temas. Habrá también documentos emitidos por la Presidencia de la Comisión y otros que surgirán de los diálogos de alto nivel que en estos 10 días se examinarán.

No hay duda, habrá una gran diversidad de planeamientos, muchos de ellos atravesados por esa constante y nefasta violación a los derechos humanos de las mujeres y las niñas; pero, sobre todo, por la violencia, condición que también se refleja en los medios de comunicación. No hay que olvidar las propuestas de la Plataforma de Acción de Beijing, establecidos en el Capítulo J. 

¿Hasta dónde realmente hemos llegado? ¿Hemos avanzado? Sí, claro que sí. Sin embargo, para cerrar la brecha nos faltan muchos años, nuevas estrategias, reconocer que algunas todavía hoy en práctica no dieron resultados, pero tampoco fueron inocuas. Ver las cosas desde “la otra mirada” informativa y de comunicación, ha dado desde Beijing 95 algunas buenas satisfacciones; pero sí, es vital e indispensable la revisión del fondo y la forma en el tratamiento que hoy existe de los medios y no solo el numérico, algo que todavía no tenemos. Y tendremos que analizar la relación entre la cada vez mayor presencia de las mujeres en lo público y la violencia mediática, las (sin)razones de esa violencia y, lo más importante, sería encontrar los mecanismos para reorientar el periodismo de género hecho por periodistas, como dice Sara Lovera, quien en México y en parte de América Latina le puso la “a” a las noticias.

Es Nueva York la ciudad donde el ser humano adquiere una dimensión distinta; una condición que todavía no alcanza a irradiarse en todos los rincones del planeta, lo que se traduce, lamentablemente, en la exclusión de las mujeres y todo lo que ello representa. Nueva York es nuevamente el sitio para buscar respuestas y encontrar soluciones. Ojala que también se encuentre la llave para abrir la disposición de los gobiernos en hechos y no sólo en las palabras.
SEM/sj