Opinión
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NATALIA VIDALES

Mujer y Poder

SemMéxico

Luego del juego de los tapados de los últimos meses, y enseguida del dedazo de Peña Nieto, finalmente llegó la cargada a favor de José Antonio Meade, y el pasado domingo se realizó el último acto de esta serie, cuando quedó inscrito como el único precandidato del PRI a la presidencia de la República.

Uno de los presentes en la asamblea de la Comisión Nacional de Procesos Internos comentó, durante el evento, que “estaban exactamente diez mil y una personas en el auditorio: porque había como diez mil priistas… y José Antonio Meade”, refiriéndose a que por primera vez el PRI optó por un no-militante del partido como su candidato.

Aunque, en realidad, será el segundo, luego de Zedillo en 1994, porque aunque tenía su carnet de afiliado al PRI siempre se mantuvo al margen del partido.

El evento, pleno de algarabía, recordó la época del priato. Y en algún momento pareció como si los doce años que estuvo fuera del Palacio Nacional no hubiesen transcurrido, como si se tratase sólo de un paréntesis en la historia, y el PRI siempre hubiese estado ahí y que, hoy, simplemente, se preparaba con entusiasmo para un sexenio más en Los Pinos (algo, desde luego, sólo parte del ambiente, pero totalmente fuera de la realidad que se avecina en lo que será una competida jornada electoral el año próximo).

En su discurso, Meade –ya con un timbre de voz muy diferente al mesurado que tenía hace apenas una semana– propugnó por “un combate frontal a la corrupción” dijo, mientras en el auditorio cientos de trabajadores de PEMEX, dirigidos por su líder nacional, y uno de los hombres más señaladamente corruptos del país, Carlos Romero Deschamps, lo vitoreaban a gritos.

También, hace apenas unos días, la exgobernadora de Yucatán Ivonne Ortega Pacheco, que se había pronunciado en contra de un “candidato sin militancia impuesto por dedazo”, y señalado que ella participaría en la elección interna para rescatar la nominación para los priistas, finalmente se sumó a la cargada a favor de Meade y se desistió de su empeño (en la edición impresa de Mujer y Poder de éste mes le dedicamos a su discurso en contra del dedazo dos páginas enteras, que hoy sólo quedan como testimonio de su cambio de parecer…muy al estilo priista).
Hace seis años hubo, siquiera, dos fuertes aspirantes a la candidatura del PRI: Peña Nieto y Manlio Fabio Beltrones, que le dieron en algún momento un aire de competencia a la selección interna (aunque finalmente Beltrones no oficializó su precandidatura).

Pero hoy, todos los otros que sonaban: Nuño, Videgaray, Osorio Chong, y José Narro se rindieron sin chistar y rápidamente a los deseos del fiel de la balanza, como dijera el autollamado “último presidente de la Revolución Mexicana”, José López Portillo, respecto del papel del presidente en turno para designar –en aquella época– al candidato del PRI y seguro sucesor en Los Pinos. Meade ha sido ya arropado por el PRI: previamente a la formalización de su precandidatura, firmó una carta de intención que lo obliga a velar por los postulados del tricolor, y por acogerse a su declaración de principios. Y como los buenos alumnos, hoy sus nuevos amigos esperan que supere a los maestros.

El PRI hará todo lo necesario para que Meade gane el 2018, a manera de desagravio de cuando el medio priista de Zedillo, en 2000, le franqueó a Fox la puerta de Los Pinos, sin esperar a que los expertos del tricolor hicieran la alquimia electoral y dieran el triunfo a Labastida.

Pero… Peña Nieto no es como Zedillo y se remangará la camisa para meter las manos hasta los codos en la próxima elección.